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lunes, 6 de marzo de 2017

La maternidad y la culpa.




“La culpa es la consecuencia de la internalización de las figuras externas de autoridad” 
(Kertész, 2008).



Cuanto más me adentro en el mundo de la psicología perinatal y más trabajo con madres, más me encuentro con madres con diversos sentimientos de culpa ya desde el embarazo. Curiosamente este sentimiento aparece más en las madres que abogan por lo que se conoce como “crianza con apego”.

Madres que desean un parto normal. Lo menos medicalizado posible, con deseo de lactancia materna a demanda, pro colecho y porteo. 

Madres que van sumando culpa a medida que avanza el proceso. Que se sienten culpables por haber pedido epidural, o por haber tenido una cesárea. Culpables por dejar a su bebé en la cuna por tener miedo a aplastarlos al hacer colecho. Culpables por no poder lactar por el motivo que sea. Madres a las que la culpa les puede día tras día por no cumplir unas expectativas en torno a la crianza con apego. 

Culpa que va generando crispación y que puede dar lugar a una desconexión de la madre con su hijo.

La culpa es un sentimiento inmovilizador e invalidante. Es un sentimiento complejo, con una combinación de otras emociones básicas como la rabia y la tristeza, así como acompañada de un componente cognitivo. Lleva asociada una gran autoexigencia. 

Mal vamos si la maternidad y la crianza empiezan acompañadas de la culpa.


Creo que a estos sentimientos de culpa influye la confusión que existe entre la teoría del apego, creada por John Bowlby, y la "crianza con apego", deriva de la anterior.

Ambas entienden el apego como el vínculo emocional que desarrolla el niño con sus padres (o cuidadores) y que le proporciona la seguridad emocional indispensable para un buen desarrollo de la personalidad.

La crianza con apego es una corriente ideada por el pediatra William Sears, y la teoría psicológica del apego formulada por el psicoanalista John Bowlby, y con ámplia base científica.

Las directrices básicas para una exitosa crianza con apego, según Sears son: estrecho vínculo posparto; lactancia materna (prolongada y a demanda); porteo; colecho; respuesta al llanto; así como desconfiar de los consejos de lo que denominan adiestradores de niños. 

La teoría del apego, construida por John Bowlby, hace hincapié en la necesidad básica del bebé de seguridad y protección en la proximidad de una figura cuidadora y la posterior interiorización en su mente de representaciones de ese vínculo, en una organización subjetiva que al niño le dará expectativas acerca de la relación y el lugar que ocupará en ella.

La tesis fundamental de la teoría del apego es que el estado de seguridad, ansiedad o temor de un niño es determinado en gran medida por la accesibilidad y capacidad de respuesta de su principal figura de afecto (persona con que se establece el vínculo).

Los tres elementos fundamentales del proceso de apego son sintonía con el bebé, equilibrio y coherencia. 

La teoría del apego es muy rica en matices y explica muchos aspectos del psiquismo, sin embargo, se acaban difundiendo esquemas muy simplistas de la misma, reduciéndola a describir el apego como patrones o estilos. Su estudio y contenido excede el que puede brindar en este blog. Para saber más recomiendo la lectura de sus libros.

Lo que sí me gustaría dejar claro es que sí, que el apego es una necesidad básica del ser humano y todos los niños tienen algún tipo de apego. El apego que se construye en base a muchas variables más allá del tipo de lactancia, o si hay colecho o no, que aun estando muy bien, estos usos no pueden reducirse ni asimilarse con el apego en el sentido psicológico del término.

Hay madres que se sienten muy culpables al sentir que fallan al no poder seguir los dictados de la crianza natural, algo que no beneficia a nadie, ni a las madres, ni al vínculo que se pretende defender. No deja de ser un contrasentido. 


Interpretando a otro célebre pediatra, psiquiatra y psicoanalista, Donald Woods Winnicott, podríamos decir que lo que todo niño necesita para un desarrollo saludable es una madre suficientemente buena; no perfecta, solo suficientemente buena, es decir, una madre que provee al niño de todo lo que necesita; incluyendo graduales frustraciones, que le permitirán a éste adecuarse al medio exterior. Habla que debe haber un equilibrio entre una “madre suficientemente buena” y una “madre banalmente dedicada” al niño.

También me gustaría resaltar que tanto Bowlby como Winnicott, al hablar de funciones maternales, anteponen el concepto de función frente al sujeto que la realiza (madre, padre u otro cuidador). La función implica una acción, un movimiento que posibilita un proceso, más allá del individuo concreto, biológico, que realiza el cuidado materno. De ahí que la función maternal puede ejercerla, indistintamente, todo aquel que tenga condiciones y disposición para hacerla. Se hablaría así de la figura del primer cuidador, generalmente la madre.

Desde aquí invito a reivindicar el ser madres lo suficientemente buenas, y desterrar la idea de perfección, ya que esta no existe y nos lleva a la consabida culpa paralizante de la que hablaba al principio.

Se puede ser una madre amorosa y procurar un apego seguro y a la vez tener necesidades propias. Se puede querer y respetar al bebé, y respetarte a ti misma también, teniéndote en cuenta. Porque si nos entregamos tanto, corremos el riesgo de desaparecer o estemos sin estar y pasemos a ser una mera presencia física que no conforta.

Tu puedes creas tu propio estilo de crianza que mejor se adapte a tu personalidad y tu forma de vida y que pueda proporcionar los mejores cuidados y apego con tu hijo.

Nuestros hijos no necesitan madres perfectas sino madres auténticas, y honestas consigo mismas y capaces de mostrar su vulnerabilidad y capaces de conectarse desde esa vulnerabilidad. Ofreciendo modelos sinceros a nuestros hijos.

No es bueno negar lo que uno siente, no podemos quedarnos atascados en la culpa. Si notas que la culpa empieza a apoderarse de ti, la frustración, la tristeza, la rabia o el miedo, busca espacios y personas donde no te enjuicien y puedas mostrarte. Mostrar tus inquietudes y vulnerabilidades. 

Si necesitas alguien que te escuche, te ofrezco ese espacio.